BIENVENIDOS A ESTE RINCÓN POÉTICO

"Porque se tiene conciencia de la inutilidad de tantas cosas a veces uno se sienta tranquilamente a la sombra de un árbol- en verano- y se calla". A. González.



En esa tranquilidad os invito a acompañarme en este paseo literario que todos juntos vamos creando.







sábado, 21 de mayo de 2011

RELATO COMPLETO DE BACHILLERATO: CONTINUACIÓN DE UN RELATO DE FELIPE BENÍTEZ REYES

UN MUNDO DE LOCOS

AUTORES:
FELIPE BENÍTEZ REYES.
ALEJANDRO FORONDA CRESPO.( 2º bach ccss)
DANIEL HERRÁN MONGE.( 1º bach ccss)

ENCUENTRO LITERARIO IES LAS SALINAS SESEÑA. 18 MAYO 2011

Aquella noche, Javier Ruiz se despertó en medio de una pesadilla en la que se vio obligado a enfrentarse a un dragón y a un hombre sin cabeza. Siguió durmiendo, aliviado. Pero, por la mañana, al despertarse, se asomó a la ventana y vio en el parque a un dragón echado en el césped y a un hombre sin cabeza sentado en un banco de madera. "Estábamos esperándote", le dijo el hombre sin cabeza". Y Javier Ruiz comprendió que, a partir de ese momento, tendría que revisar muy seriamente su concepto de realidad.

Javier sabe lo que tiene que hacer. En el vano del segundo piso hay una ventana desde la que se ve el exterior, pero desde fuera no se puede ver el interior. Javier se coloca detrás de esa ventana y vuelva a mirar. Apenas han pasado cinco minutos desde que le habló por la ventana de su casa y el hombre sin cabeza ya no está. En el patio delantero del edificio, en el césped verde seco, se desparrama un dragón rojo, tan grande que empuja los otros edificios. Tiene cara de angustia porque no cabe entre los apartamentos.

Un piso abajo, el primero, una señora sale de su edificio. Arrastra un carro de compras sin ruedas, tiene un monedero entre el brazo y el cuerpo, unas gafas negras y opacas en los ojos. Baja hasta el portal y al abrirlo un educado lagarto rojo pregunta torpe y despacio, como si desconociera el idioma; "Buenos días señora", "Señorita, por favor" responde. Las señoras no se sorprenden por dragones. "Señorita" sonríe "¿ha visto usted bajar a un caballero?" se detiene y finge pensar "Es alto y moreno, de unos treinta años, parece que tiene más..." La señora lo interrumpe; "Sí, sí se quien es, pero no lo he visto bajar" Esperaba que el dragón continuara hablando pero no dijo nada. Ella continuó "Bueno, yo tengo muchas cosas que hacer" no eran tantas en realidad, casi ninguna "Perdone que la haya molestado" dijo educadísimo el dragón, casi con miedo "Que pase un buen día" "Usted también" y se fue limpiando la acera con el carro.

Javier seguía mirando desde la ventana, tenía miedo de bajar. Vio que el dragón se apartaba a la derecha, arroyó una farola y el banco donde antes estaba el hombre. Este hombre, que seguía sin cabeza apareció por el hueco que el dragón había dejado. Resuelto y seguro. Parecía que no había perdido nunca a las cartas, tenía un periódico bajo el brazo.

No oía Javier desde el piso pero el hombre dijo; "¿Va a salir? No tenemos todo el día" Al dragón no le caía bien el hombre, pero quedaba tapado por su educación "Dijiste que no lo volverías a hacer" dijo mirando el periódico, continuó; "Eso que haces no es lo bueno, prometiste que no volvería a ocurrir, no eres un hombre de palabra" parecía un niño sollozando. El hombre sin cabeza hizo como que no había oído, ni le importaba, ni le interesaba lo que pudiese decir el dragón, aún así respondió "Soy hombre de muchas palabras y algunas se contradicen" concluyendo. "No está bien" dijo juzgando pero permitiendo.

El hombre parecía una mezcla entre ejecutivo y comerciante, serio, cortado a regla, pero también tenía algo de carnavalesco, lúgubre, desalentador, como un gato huesudo.

El dragón, por su parte, tenía una pajarita, mal puesta y tímida, parecía el niño que quiere estar guapo para su primera cita, o como el moribundo para la última. Era indiscriminadamente grande, y se podría decir que rollizo. Parecía fuera de lugar en todo momento, ya no por el tamaño sino por su actitud, por su color, por la pajarita.

La relación entre el hombre y el animal era observada por Javier, bien parecía su mascota. Le recordó a un libro que leyó cuando era niño. Un señor mayor se casaba con una adolescente, no para disfrutar de su juventud, sino para que ésta le trajese una revista todos los días, así la joven iba todos los días religiosamente a por la revista. El nuevo matrimonio vivía quieto en una casa en lo alto de una colina, y la niña bajaba una cuesta terrible para cumplir el deseo imperial del viejo. Cuando cumplió los veinte años quiso escapar pero se partió una pierna en la huida, no la encontraron hasta un día después, había nevado y quedó a punto de morir. Al día siguiente el viejo tuvo que ir a por la revista, (la joven estaba en cama) al volver, en la puerta de su casa, le dio un infarto fulminante y bajó rodando toda la colina. La joven vio todo desde una ventana de la casa, y se cayó al suelo de la felicidad, con una sonrisa inmensa.

Javier se dijo; "Tengo que bajar, me están esperando, me han dicho que lo estaban, no parecen peligrosos" Lo eran.
Llegó al portal, pasó por los buzones, tenía una carta pero pasó de largo. Abrió el portal.

El hombre avanzó con parsimonia hasta plantarse a unos pasos del dragón y el descabezado. Su mirada oteó en sus visitantes todo detalle que hubiese podido perderse en la lejanía. Miró la colosal forma del lagarto rojo y el poderío reposado de sus miembros. Vio en él unos titánicos, draconianos, bonachones y condescendientes ojos que lo observaban serenamente. Después, advirtió en el otro convidado el traje de extraordinaria calidad y extremado cuidado que vestía. Asimismo, tuvo consciencia del periódico que colgaba en sus níveas manos, abierto por la sección de economía. Y sintió, sin poder ver, el frío, duro y ausente mirar que ostentaba en gala el hombre acéfalo, haciendo presa sobre su persona.
Javier carraspeó al poco de llegar hasta sus visitantes y les saludó:
— Hola, muy buenas, ¿qué es lo que desean de mí?
— Muy buenos días tenga usted, señor —anunció el descabezado—. Mi nombre es Raimundo Hortelano, y ella es mi compañera María del Pilar Arandelas —añadió, refiriéndose al dragón—. Aunque, siendo puntillosos, sería correcto decir “ex-compañera”.
— Bien, ¿qué es lo que quieren?
— Bueno, verá —dijo el hombre sin cabeza, bajando el tono de su voz—. Lo que queremos es algo peliagudo de lo que deberemos hablar larga, tendidamente y con calma. Así que, si usted hiciese el favor...
La frase se quedó en suspenso del aire, y su emisor sin aparente intención de cerrarla.
— ¿De qué? —inquirió Javier.
— Apunte mentalmente —respondió, raudo, el descabezado—: Un café solo para mí, con algunas pastas, si tiene, o con galletas, si no. Para María prepare un descafeinado de máquina en un cubo, y suele tomar bollos para acompañarlo —El aludido se quedó con el rostro inquisitivo y algo indignado, pero no tuvo tiempo de protestar antes de que el hombre sin cabeza mandase, con voz autoritaria—: ¡Vamos, muévase! ¡Y traiga una mesita y dos sillas!
Javier caminó presto hasta su casa y volvió con la mesa y los asientos (a duras penas), y luego entró de nuevo a por los refrigerios, que enseguida estuvieron sobre la tabla.
A los pocos minutos estaban los tres almorzando alrededor de ésta. El anfitrión más observaba que alternaba, y en verdad poca cosa podía hacer ante aquella situación extraña y novedosa. El tipo sin cabeza devoraba a velocidad de vértigo, haciendo desaparecer el café y las galletas a través del vacío de su rostro. La dragona bebía a pequeños sorbitos, aferrando el cubo como una taza, con gran decoro y delicadeza, y los mordisquitos que profería a sus panes de leche eran dignos del señorío de una dama.
Tardaron un rato más en terminar, más por la serenidad de María que por la voracidad del descabezado Raimundo.
— Bueno, creo que podemos comenzar a despachar el asunto, ahora que se ha habituado un poco a nuestra presencia y tiene el estómago lleno... Ah, no —dijo el hombre del vacío por cabeza—. Es igual. Verá, señor Ruíz. Voy a ser bastante breve y conciso. Somos del Ministerio de Hacienda.
— ¿Y por qué me buscan? Yo tengo todo al orden del día, y no debo dinero a nadie.
— Bueno, quizá usted no. Pero su padre sí.
Javier miró al descabezado con una mirada que empezaba a encenderse.
— ¿Mi padre? ¿Y qué pinta aquí mi padre?
— Pues deudas, señor Ruíz. Deudas pintó su padre —La dragona miraba a Javier con compasión e impotencia, mientras que el inmundo Raimundo lo flagelaba con el habla lisonjera y pedante de las gentes sin escrúpulos (características de las voces relevantes en política y ámbito comercial) —. Ninguna ligera, no fueron pocas, y ninguna barata.
— Muy bien, ¿y qué pinto yo en la deuda de mi padre? —Javier empezaba a levantar y endurecer su tono. La sangre, que tan calmada había estado en la creencia del sueño y luego, en el desvelo de la misma, tornaba ahora a acelerarse y arder.
— Pues pinta ser su único heredero y sobre el que recae el débito.
— ¿Cómo es eso? Además de no tener que ver yo nada con esas deudas, no existen. ¡Mi padre nunca tuvo deudas!
— Sería cuando era su padre. Lo que usted no sabe, señor Ruíz, es de la doble identidad, doble vida y doble familia que tenía su padre —aclaró el inspector sin cabeza.
— ¡Eso es absurdo! ¡Es una mentira!
— ¡Oh, no, señor Ruíz! Se descubrió tarde, porque él ya había muerto, pero se descubrió.
— ¡No puede ser! ¡Usted miente! —exclamó Javier.
— ¡No se sulfure, señor!
— ¿Que no me sulfure? ¡Viene a calumniarme y hasta se contradice! ¿Cómo seré el único heredero sobre el que recae la deuda si tenía mi padre dos familias?
— Por tres razones muy sencillas: Dije familia, no matrimonio; los otros hijos no están reconocidos; y son pobres —esclareció Raimundo.
— ¡No puedo creerlo! — estalló el hombre— ¡Esto es un atraco! ¡En qué cabeza cabe! ¡Dios!
— ¡No se altere, señor Ruíz, que puede hacerle mal!
— ¡Hacerme mal, dice! — gritó Javier—. ¿Cómo de grande es, acaso, la deuda que me echan a espaldas? ¿Podré pagarla, si quiera?
— ¡Oh, no! No podrá, por eso estamos aquí. Venimos a embargarle.
— ¡No puede ser! ¡Eso no pueden hacerlo! —bramó el pobre hombre, desbordado por la rabia y el pánico.
— ¡Oh, claro que podemos, mi muy señor mío! Somos Hacienda —replicó el infame inspector.
La mente del desvalido Javier, como bien puede imaginarse, era un completo amasijo de ira, frustración, terror y confusión. Un complejo mar de preguntas de todo tipo; sin sentido, alocadas, crueles, veraces y estúpidas, ligeras e inútiles... ¿Por qué lleva una dragona pajarita? ¿Cómo habla un hombre sin cabeza? ¿Por qué a mí? ¿Cómo me puede pasar esto? ¿No será que estoy loco? ¿Desde cuándo Hacienda tiene dragonas lloronas y tipos sin cabeza por lacayos? ¿En serio que no es esto un sueño?
Pero, de entre ese océano naciente, revuelto, picado, ingente y profundo, una sola cuestión se abrió a empellones por su boca:
— ¿¡Pero, qué mundo de locos es éste?!
— Pues el único mundo que hay —contestó, indiferente, el descabezado—. Mire qué sencillez: dese la vuelta y verá que su piso ya ha desaparecido.


 
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